Han pasado años
desde que tu figura férrea
sentenciaba sigilosa mis noches,
húmedos tormentos entumecidos
que acariciaban mi forma hoy afligida.
Nada queda de un nosotros
salvo imágenes pétreas,
cinceladas por descuidos narcisistas
en desdichas que intensificaban
las sonrisas de tu entorno, hoy feliz.
Porque cada mañana me pregunto
cómo serán tus despertares,
si la vida ya te acuna en brazos
de tu etérea idolatría,
si progresas con esmero en tu esfuerzo visceral y continuado de ser feliz.
Te siento, ya en lejanía,
y lo hago dichosa.
Quien alumbra te ha concedido tus sueños dorados, ya sin mí,
perennes y febriles que intensifican la luz de tus ojos alados.
Maestro de mi cuerpo.
Matriz de mi ahora.
No te olvido.
Eterno espectro serás en mi alma.
Así aún te gozo.