
Volvía a tus brazos
en una eterna entrega
que parecía no tener fin
a pesar de estar anunciado.
De mi emanaba eterno
un manantial de caricias
que eran lanzadas al viento
para que llegaran a ti.
Acunaba mi quimérica espera
evitando nuevos caminos de auroras llenos
en una batalla interna
en la que no tenía tu imagen rival.
Destruía
cualquier razón que nublara o erradicara
tu paso por mi vida tatuado,
ondeando tu figura como patria de mi arraigo.
Y quedó en nada,
caduca la esencia de tu amor arbitrario,
licuada mi fé tras la desidia que en mí provoca
tu auténtica esencia
de hez embrionaria
15 de noviembre de 2007
LA ULTIMA PIEZA
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Las siete vidas de una gata
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