Eres
la bondad personificada que un día llamó a mi puerta
elogiándome con regalos de paz duradera,
enganchando en mi solapa un ramillete de certezas.
Tienes
una sonrisa continua que sin egoismos contagias
a todo transeunte que se cruce en tu marcha,
anunciando buenas nuevas, hoy, con gorro y corbata.
Estás
presente bajo la coraza que el miedo me construye,
en cada cuerpo que por frenos su esencia consume
liberando el trinar de mil almas enjauladas
haciendo feliz a todo el que por ti para.
Paz, amor, altruismo innato
que cegamos por voluntades socialmente impuestas,
olvidando dejar crecer a la simiente regalada
por un Dios, o un Buda, o un Alá que nos valga
para emanar la bondad a la que el silencio nos retoma,
olvidando egoismo, necesidad y codicia
al hacernos, puramente, manantial que hacia otros brota.

