23 de noviembre de 2007

REGALO DE LOS DIOSES



Volví a verte
y esta vez no era un sueño,
volvías a mí,
como marcaba el tiempo,
herido en un ala
sin poder remontar el vuelo,
arrepentido por haber abandonado mi cielo,
en el que sentías, puramente,
desde siempre tu hogar.

Volví a verte
y a intentar desgranar de mil mentiras
una paz aún no conseguida,
que demostrara tu huella borrada,
por las caricias de una marea que no arraiga,
dejándome de nuevo, en la arena caminar.

Tú asentías,
ausente de mis palabras,
intentando remontar el vuelo
en el infierno que consciente
construiste en tu divagar.

Vomitaste,
dolores causados en otros cuerpos,
vidas germinadas por descuidos,
vacíos de tu interior desgranado
en un aullar aterrado,
al que tus pasos te conducían
transformándote en un ser que no querías ni mirar.

No encontraste
en mí el consuelo que anhelabas,
frente a mis frases que marcaban,
incisivas,
tatuadas,
machacantes,
las verdades que no querías escuchar.

Volviste
herido en batalla
a un hospital que no tenía,
que te negaba, sin más, el uso,
de la morfina que antaño ingerías
aliviando tu autoflagelación.

Herido,
sediento de nuevos bálsamos
volviste a irte sin modos,
como hiciste en tiempos antaños,
que indicaran prueba exacta y concisa
tu marcha de mí.

Astucia,
me faltó al volver a oír tu nombre,
cuando prometías cuidarme,
protegerme de más daños,
invocarme en la noche,
solo para salvarte tú.

Hoy miro,
lamo,
curo,
mi vida,
mi paz,
mis auroras,
encontrando al fin la pureza
que no me lograste arrancar.

Nunca te irás de algún recodo
que Athenea grabó en mi memoria,
para hacerme más sabía,
más grande,
más hoy.