28 de octubre de 2007

COMO UNA LATA DE CONSERVAS



Me hiciste creer
que una conciencia férrea,
emergente de una filántropia encontrada,
te hacía volver a los pasos que marcaron tu rumbo
antes de aparecer yo como inclemencia saboreada,
palpitada en tardes de salvíficas huídas,
en ti.

Me hiciste creer
que en mí dejaste lo que podías darme
por obligaciones de las que no podías descargarte
y que tu silencio lo ocasionaba
mi incesante insistencia
ante la duda de tu por qué.

Logré ver,
tras lamer mis heridas,
tras culpabilizar a un egoismo
que ambicionaba tus auroras,
la invención de causas loables
que justificaban mi ejecución.

El paso de nuevas historias
de jóvenes aún más vírgenes,
sin recuerdos con que compararte,
enturbiaban la posibilidad de volver a darnos horas,
manteniendo un hilo del que tirar para que tu sombra,
si el capricho así lo ordenaba,
pudiera retornar.

Intenté entender las causas
de tus mentiras y desdenes
agarrandome a carencias
que incitaban tu proceder,
una infancia tal vez marcada
por mil y una fracturas inverves
que hoy reconozco inventidas
por tu interesado caminar.

Alimentabas así el hilo
que me hacia alterar mis pasos
siempre que vieses que mi marcha
provocaba un no volver.

Cuatro años de fatigas,
de oportunidades siempre marchitas,
de las que nada más que aullidos
de mis heridas aún sangrantes,
quedaban por debatir.

Una parca ficticia
logró romper la cadena
a la que acudías en tu albedrío
haciéndome enterrar la fé.

Rota,
cansada,
marchita,
por pensar que necesitabas mi nombre,
cuando solo querías,
egoistamente,
tenerme,
anhelante,
de reserva