20 de octubre de 2007

MAESTRO



Como cuando aprendemos a escribir,
con la laboriosidad con que la hormiga traslada la hoja,
con la comisura de quien acuna a un bebe entre sus brazos,
así te veo yo, con ternura,
cuando te sientas y declinas en tu pincel tus horas de calma.

La serenidad que trasmite tu semblanza
y la plenitud que acompañan a tus ojos
te otorgan la capacidad, admirable para mi escasa calma,
de entregarte por completo a tu capricho mesurado,
sin dañar, hacer daño o ser dañado,
limpio como la palabra bondad que te define.

Tu pincel te otorga la libertad de la conquista
de un ejército preparándose para la batalla
incoherencia de la ansiedad que este mundo incierto en ti almacena
y que liberas a golpe de miniaturas y cornetas.